“Todo aquel esfuerzo  debe ser visto como una inversión a futuro, como una semilla que se siembra y que se riega cada vez que se toma el tiempo primero el adulto para reponerse, respirar y hablarle de manera amable a sus hijos, ya que todo aquello irá modelando al joven y al adulto en que se convertirá su hijo o hija en el futuro”.

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¿Cómo poner límites con cariño?

10 de septiembre de 2018 | 1:47 pm

Francisca León D. y Catherine Peragallo V.
Psicólogas de Fundación PREVIF

Una de las situaciones con las que nos encontramos los padres frecuentemente es la dificultad para poner límites a nuestros hijos de una forma clara y consistente a la vez que afectuosa.

Los padres muchas veces tomamos los modelos de nuestros padres, que promovían estilos de crianza distintos en momentos socioculturales diferentes a los que vivimos hoy en día. Por lo que muchas veces no contamos necesariamente con referentes desde nuestra experiencia que podamos aplicar.

Frecuentemente escuchamos en la consulta la queja de los padres que hacen esfuerzos por constituirse como figuras de autoridad, buscando establecer normas y hábitos, sintiendo que fracasan permanentemente en sus intentos.  Algunas de las frases recurrentes expresadas por los padres son: “Tengo que repetir mil veces las mismas cosas”, “Ya no sé que hacer con él”, “Ya no doy más”, “No me deja otra opción que retarlo y gritar”, “Me tiene que ver enojada para hacerme caso”. En ocasiones frente a estas situaciones, los padres terminan utilizando recursos poco amables, e incluso violentos, como gritos, palmazos, descalificaciones, entre otras.

Los seres humanos tenemos una resistencia natural a ser mandados, dirigidos o controlados. Sin embargo, la fragilidad de los niños y la necesidad de ser atendidos en sus necesidades, pareciera requerir una relación de dominancia entre el adulto a cargo y el niño, una especie de facultad para atenderlos y orientarlos.

El rol de los padres consiste en propiciar el óptimo desarrollo de sus hijos, atendiendo a sus necesidades básicas, no solo biológicas sino también afectivas y siendo guías en la transmisión de valores. Sin embargo, cuando intentan establecer hábitos y normas recurren a formas que son recibidas por los hijos como intentos de control de parte de sus padres. El niño suele percibir la instrucción de los padres como una imposición donde no se siente escuchado ni comprendido frente a lo que está vivenciando en ese momento, ante lo cual reacciona de manera defensiva, resistiéndose a acceder a lo que se le está pidiendo. Esta resistencia se manifiesta de distintas formas, acorde a su edad y recursos expresivos, tales como “pataletas”, llantos, malas palabras u otras conductas disruptivas, las cuales muy probablemente persistirán hasta sentirse escuchado y comprendido.

¿Qué otras opciones podemos utilizar?

Es pertinente comprender como adultos a cargo, aquello que queremos transmitir con nuestras instrucciones. Cada uno de esos mensajes está basado en una genuina preocupación de los padres por cuidar y buscar favorecer a esa niña o niño. Frases como: “Lávate los dientes”, “Estudia”, “Acuéstate temprano”, “Ordena tu pieza”, “Apaga la pantalla”, etc.,  es posible que si no son transmitidos de manera adecuada, puedan terminar en una disputa por imponer desde cada parte su propio deseo, convirtiendo aquello en una lucha desde una parte por imponerse y desde el otro por rebelarse.Entonces, ¿Cómo favorecemos la disposición de los niños?

Es crucial por una parte que nosotros tomemos conciencia y comprendamos que nuestros mensajes provienen desde la necesidad de cuidar a nuestros hijos, y por otra parte que a través de la transmisión del  mensaje nuestro hijo pueda leer (observar, percibir) lo anterior de manera clara y fácil. Para lograrlo será necesario  hacerlo de manera simple y consistente, explicitando el porqué de la petición, y acompañarlo a través de formas amables, como: mirar a los ojos, utilizar un tono de voz pausado seguro y ponerse a la altura del niño. En ocasiones cuando observemos que su disposición no es la que esperamos, porque vemos que está enojado, frustrado, molesto o triste, será necesario, acoger lo que le sucede, darle unos minutos para reponerse y luego dar la instrucción. Es fundamental que el niño perciba una relación incondicional y de contención de parte de los padres, de esta manera, podemos favorecer que la recepción de ese mensaje sea más efectiva.

La forma, el tono de voz, la manera en que lo pedimos, es muy relevante, ya que lograremos ambientes cálidos y seguros, lo que dispondrá a los niños a tener una acogida más positiva. Y no sólo eso, tengamos siempre presente que somos sus referentes de manera permanente y que con nuestra forma estamos modelando sus formas de relacionarse con nosotros y con los otros. Solemos decirles a los padres en sesión: “Todo aquel esfuerzo  debe ser visto como una inversión a futuro, como una semilla que se siembra y que se riega cada vez que se toma el tiempo primero el adulto para reponerse, respirar y hablarle de manera amable a sus hijos, ya que todo aquello irá modelando al joven y al adulto en que se convertirá su hijo o hija en el futuro”.

Otro aspecto que favorece una dinámica fluida con nuestros hijos, es contar con rutinas establecidas y claras que permitan al niño anticiparse a las situaciones y estar más dispuesto a realizar lo que se le solicita. Por ejemplo, saludarnos en las mañanas, hábitos saludables, respetar los acuerdos sobre el uso de pantallas, espacios de compartir en familia y tantos otros. Estos ritos o costumbres generan una mayor disponibilidad, ya que tendrá incorporado lo que se espera de cada uno a diario. Y mientras a edad más temprana los implementemos, más fácilmente serán aceptados porque pasan a ser parte de la forma en que, en nuestra familia, hacemos las cosas.

Hay que tener en cuenta que esto no significa caer en la rigidez. Siempre debemos mantenernos flexibles ante las circunstancias, observando el contexto y las necesidades del momento. En este sentido, nos puede ayudar establecer acuerdos con nuestros hijos en situaciones puntuales, por ejemplo, si le indicamos a un hijo que la comida está servida y nos pide algunos minutos para terminar de ver algún programa de TV, podemos tranzar y conceder esos minutos de manera de sentarnos a la mesa todos juntos con una mejor disposición.Esto no siempre es posible, debemos tener claridad frente a los temas que nos corresponde decidir por el bien del niño sin preguntar.  Algunas veces generaremos frustración en el niño, la que podemos contener con cariño y a la vez firmeza, validando la emoción y conteniendo la reacción, favoreciendo así una respuesta positiva frente a lo que el niño no puede cambiar o manejar.

También entendemos que muchas veces los papás estamos cansados, hemos tenido un día difícil o estamos pasando por un problema importante, que nos hace estar más irritables y menos pacientes, lo que nos dificulta llevar una situación de conflicto de manera amorosa y respetuosa. Si esto ocurre excepcionalmente y sin  entrar en desavenencias, no es mayor problema, ya que indica que gran parte del tiempo estamos en buena disposición emocional para sacar delante de manera exitosa las situaciones de conflicto. Es importante tener presente que tenemos la posibilidad de pedir ayuda a alguien cercano y explicarle que nos sentimos cansados. Pero si nos damos cuenta que la mayor parte de las veces no estamos teniendo paciencia, estamos permanentemente irritables, quizás debamos pedir ayuda profesional, ya que este estado puede corresponder a un síntoma de una situación más compleja que será mejor atender.

Factores como la premura no ayudan en nuestra disposición para solucionar las posibles diferencias con nuestros hijos. Haga memoria, o bien en adelante observe: ¿no le sucede que cuando estamos apurados, estamos todos más tensos y es más frecuente que se generen conflictos?

Muchas tareas que estando solos nos tomarían pocos minutos, con niños nos tomarán bastante más que eso. Por una parte debemos comprender que los tiempos de los niños no corresponden a los tiempos de los adultos (y eso no está en nuestras manos cambiar) y por otra, mientras más apremiados de tiempo estemos, menos contaremos con los espacios de poner en juego nuestras herramientas amorosas y nuestra paciencia para resolver. De esta manera, será más probable entrar en el conflicto, lo que nos generará más malestar y estrés (a nosotros y a quienes nos rodean). Por lo cual será mejor generar estrategias que nos permitan salir de aquel círculo vicioso.

El estilo de vida de hoy, tal vez no favorezca el tomarse el tiempo de explicar y hacer todo lo necesario, eso es una realidad, pero frente a ello pensemos, si no establecemos  una relación de respeto con nuestros hijos, ¿a qué le estamos dedicando nuestro tiempo? ¿A qué le estamos dando prioridad en nuestras vidas? Una buena relación con los hijos hará mucho más llevadero cualquier estrés ligado al trabajo u otras situaciones no familiares. Aquello repercutirá de manera positiva y favorecerá tanto su salud psicológica (y la de su familia), que valdrá la pena el esfuerzo de darse el tiempo, el invertir dedicación en ello.

A pesar de los conflictos, la relación  es continua y segura. La relación va más allá de las fallas o problemas que se generan en relación al niño. Somos los adultos los que nos presentamos como las respuestas para el niño a sus necesidades afectivas.

A su vez, es fundamental tener como padres acuerdos respecto de estos mensajes, de manera que sea percibido por el niño con consistencia, evitando informaciones dobles e incluso contradictorias. En este punto, los padres deben generar primero acuerdos entre ellos para luego comunicarlos a sus hijos, evitando discusiones frente a los niños y desautorizaciones cruzadas, las que generan confusión, inseguridad y el establecimiento de relaciones ambivalentes.