Hay un mundo de diferencia en vivir una situación traumatica en silencio y soledad, que poder afrontarlo con amor, con cuidado, acompañado.

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Cuando maltratamos a un niño

19 de octubre de 2017 | 11:24 am

Catherine Peragallo Valdivieso
Psicóloga, miembro del Directorio de Fundación Previf

El maltrato infantil puede tomar muchas formas, algunas evidentes, como el maltrato físico, el cual puede dejar marcas, huellas, fáciles de identificar, que nos conmueven y nos movilizan, como personas y como sociedad.

Sin embargo, también hay formas de maltrato que no son visibles, por lo menos no a simple vista: el abuso sexual infantil es una de ellas.

Si bien hay casos de abuso sexual infantil que pueden dejar evidencias físicas, algunas detectables a través de una evaluación médico forense, como son una lesión, una enfermedad de transmisión sexual, fluídos corporales, incluso embarazo en el caso de las niñas, en la mayoría de los casos éstas no se encuentran, en parte porque la zona genito-anal, al igual que otras zonas del cuerpo (como la boca, por ejemplo) se reconstituyen más rápidamente, borrando posibles evidencias dentro de 48 ó 72 horas. Entonces lo único que tenemos es el relato de las víctimas como prueba de ello.

Muchas veces en Fundación Previf hemos recibido niñas, niños, adolescentes cuyos cuerpos no denotan físicamente lo que han vivido, sin embargo el daño se manifiesta de diversas formas que dependerán de factores como la edad, la cronicidad del abuso, el método de coherción aplicado por el agresor, entre otros.

Aquellas manifestaciones, como decía, son múltiples: desagrado del propio cuerpo, baja autoestima, autoagresiones, impulsividad, repetición de lo vivido con otros, hiper sexualización o sexualización temprana, exposición a situaciones de riesgo (como el uso de drogas, promiscuidad), rechazo de la proximidad de otras personas, ansiedad, labilidad emocional, sumisión, conducta antisocial, retraimiento social, por señalar algunas.

El abuso sexual es una de las formas de violencia más grave y más traumática que puede experimentar un niño, niña o adolescente, por lo que con frecuencia genera síntomas, más o menos silenciosos y por tanto complejos de pesquizar, no sólo por ello, sino además porque no son exclusivos del abuso sexual y que pueden responder a otros traumas o situaciones diversas. En ese mismo sentido, será muy relevante la reacción de quienes reciben el relato y de cómo se maneje la información a todo nivel, familia nuclear, familia extensa, contexto escolar y pares (para profundizar lea nuestro artículo: “La revelación del abuso”).

Puede encontrarse, incluso que un niño o niña que ha sido víctima de abuso sexual, no identifique lo que le ha ocurrido como tal, ya que no cuenta con el desarrollo, la experiencia, ni el lenguaje para identificarlo y no es sino con posterioridad que es capaz de reconocer lo ocurrido y entonces manifestar la sintomatología. Con ello también despertar en él sensaciones y sentimientos de lo ocurrido, mezclados, intensos y complejos; como la  rabia, culpa, vergüenza, miedo y asco.

Ambientes donde prima la violencia familiar, laxitud moral, donde hay escasa supervisión o abandono, favorecen la ocurrencia del maltrato infantil en sus diversas formas.

Quisiera detenerme para profundizar respecto del abandono y aclarar que no solamente se trata de un abandono real, en el sentido de un niño, niña o adolescente ha sido dejado por sus padres o cuidadores a su suerte, si no cada vez más nos encontramos con niños cuyos padres viven con ellos, sin embargo están de cierta forma  abandonados, porque carecen de un adulto que los guíe, que los oriente, que los ayude a reconocer sus sentimientos, sensaciones y que los guíe en sus conductas, que les ayude con lo que les pasa, que responda sus preguntas.

Niños, niñas y adolescentes que se sienten solos porque no se sienten escuchados, porque no tienen a quién contar lo que les ocurre, a quién preguntarles sobre lo que ven, porque no tienen la posibilidad de una conversación atenta, profunda, porque los padres están cada vez más ocupados, ausentes o son una presencia tomada por el quehacer o por las redes sociales, púberes y adolescentes que quedan solos en sus casas hasta que los padres llegan del trabajo, o bien los dejan a cargo de hermanos o primos pequeños, asignándole roles que no les corresponden, niños que están siendo “formados” por la televisión y el internet, que quedan horas frente a una tablet con acceso a posibles contenidos inadecuados o derechamente perturbadores.

Desde hace un par de años, las profesionales que trabajamos en Previf, hemos visto un aumento exponencial de este tipo de casos, niños que sus propios padres les han regalado juegos de computador o consola cuya indicación señala ser para mayores de 18 años, sin éstos percatarse de los contenidos del “juego”,  y por tanto sin atender a las conductas que están moldeando en sus hijos a través de estos (para profundizar lea nuestro artículo: “Contenidos en Internet. Un desafío para la protección de los niños”).

Sin duda, el poder dar tratamiento especializado, frente a este tipo de situaciones, tan perturbadoras para el desarrollo de los niños, es lo que motivó el surgimiento de este centro y es el motor que lo mantiene hasta hoy. Acoger a familias que están atravesando por estas situaciones que no saben cómo manejar, para la cual como adultos y/o padres no nos sentimos preparados, que nos cuesta comprender, que también nos despiertan toda clase de fuertes sentimientos. Recordemos que el abuso sexual como concepto es bastante reciente en el mundo, más aún en nuestro país, alrededor de unos 30 ó 40 años, por lo cual como sociedad no desde hace mucho tiempo intentamos hacernos cargo y por tanto, que aún estamos abordando.

Sin embargo, cabe mencionar que también hay formas más sutiles de maltrato, formas que hasta la generación anterior podían incluso ser habituales, por lo que puede costarnos el visualizarlos como tales. Cuando gritamos a un niño, niña y adolescente, cuando le ofendemos, cuando les calificamos de formas inadecuadas, también estamos maltratando. En eso podemos hallar actualmente bastante consenso. ¿Y qué pasa cuando no los atendemos, cuando no los escuchamos, cuando no les permitimos desarrollarse de manera sana, cuando no los protegemos, cuando no los respetamos? Les invitamos a reflexionar sobre ello.

Debemos estar atentos, dedicarles tiempo a nuestros hijos, así tengan 2, 7, 15 ó 17 años, nos necesitan, de distintas maneras, nos necesitan a nosotros, padres, cuidadores, profesores, adultos, como presencia presente, como guías, como compañía, como personas.

Sea lo que sea que estén pasando o hayan pasado, la experiencia y el recuerdo para ellos estará fuertemente marcado por cómo se abordó como familia lo que les ocurrió, quién estuvo ahí, quien escuchó, quien entregó ese abrazo contenedor, quien buscó orientación y ayuda para afrontarlo de la mejor manera posible. Hay un mundo de diferencia en vivir una situación traumática en silencio y soledad, que poder afrontarlo con amor, con cuidado, acompañado.

En la dedicación y el amor de nuestros niños están las bases de la sociedad que estamos formando.